Tras meses dando vueltas por mi casa (gracias Miguel por prestármelo, y perdona por tardar en devolverlo...), al fin me decidí hace unos días (cuando terminé Soul Music) a coger El Código da Vinci y enfrentarme de una vez al polémico libro que tanto revuelo ha causado en los últimos años.
Para empezar, andaba con la mosca detrás de la oreja después de escuchar y leer advertencias sobre las acusaciones de plagio del autor, Dan Brown, y de su más que dudosa "veracidad" a la hora de describir escenarios y costumbres (por lo visto, La fortaleza digital es una joya para estos temas, con descripciones de Sevilla totalmente desconcertantes, como ya leímos en los comentarios de la previa publicada en Tierra de Cinéfagos). Luego estaba la polémica que han provocado las teorías expuestas en la novela. Teorías que supuestamente tendrían la capacidad para hacer temblar los pilares del Cristianismo tal y como lo conocemos. Es decir, que antes de leerlo sentía una mezcla de interés y temor, sin saber muy bien si me iba a encontrar con uno de esos libros que te cambian la vida o con una pérdida de tiempo. Y, realmente, no ha sido ni una cosa ni la otra.
Para empezar, tenemos que tener muy claro que El Código da Vinci es una novela de ficción. Y punto. Se trata de un thriller de misterio que utiliza escenarios reales y elementos artísticos que todos conocemos para tejer una trama conspiratoria que pone en tela de juicio todo lo que la Iglesia nos ha "vendido" hasta ahora, pero todo visto desde un punto de vista lúdico y ligero, mucho más ligero de lo que imaginaba antes de leer la novela. Quiero decir, que El Código da Vinci se lee del tirón y las explicaciones sobre los supuestos misterios y secretos que albergan esas obras artísticas no ocupan gran parte del relato. Y, cuando lo hacen, están expuestos con la claridad necesaria para que alguien que no sea un experto en teología o pintura pueda comprenderlos perfectamente. Luego sí que han salido a rebufo del libro de Dan Brown una serie de trabajos teóricamente más y mejor documentados, pero que son eso, estudios, y no una novela como la que nos ocupa.
Dividida en breves capítulos, Dan Brown utiliza la estructura de "tele-novela": te deja con la intriga de algo importante que va a suceder o que se va a decir al final de un capítulo, para saltar hacia otra línea argumental con los personajes secundarios, vuelve a dejar algo en suspenso y regresa a donde dejamos a los protagonistas, que siguen justo ahí como si el tiempo no pasara más que cuando Brown decide que debe hacerlo.
Por lo demás, tenemos misterio, algo de acción, un conato de romance y muchos trasiegos por diferentes peajes. Pero lo que hace rápida la lectura del libro es que Brown utiliza una prosa ágil, casi simplista en ocasiones, obviando descripciones elaboradas para centrarse principalmente en el movimiento, en la acción. Y esto es algo que beneficiará mucho a la película, ya que los guionistas tienen la mitad del trabajo casi hecho.
Hablando de la película, he perdido la oportunidad de imaginarme a mis propios Robert Langdon, Sophie Neveau o Silas, ya que son tantas las imágenes que hemos visto ya sobre la adaptación de Ron Howard que uno ya lee el libro con el reparto de la misma en mente.
En definitiva, ¿recomendaría el libro? Efectivamente, sí lo haría. Pero con la advertencia de tomárselo como una simple novela de intriga y no como ese arma arrojadiza contra la Iglesia que es como ha sido tratado por los medios de comunicación y por gran parte de lectores.