Vaya este post por vosotros. Sobre todo por ti, para que sonrías.

11 de Septiembre. 21:00h. Sentado plácidamente en mi habitación, delante de mi ordenador, escuchando un poco de New Jack Swing, me dispongo a escribir algo antes de cenar para no perder la práctica y que mis compañeros de
Tierra de Cinéfagos no se me echen encima por vago y disidente. Una reseña conjunta sobre
Planet Terror y
Death Proof estaría bien, me apetece, pero a este paso, cuando quiera escribirla, el tándem Tarantino/Rodríguez irá ya por su tercer
GrindHouse y a nadie le interesará un carajo leer una opinión más sobre un tema tan sobado ya.
Esta noche debería trabajar. Seguramente será la última noche que pase este año en la fábrica de concentrado de tomate en la que llevo empleando tres veranos seguidos. Un trabajo en el que la creatividad no asoma por ninguna parte, controlador de báscula, todo el día pesando remolques y plataformas cargadas de tomates. Nada que ver con lo que me gusta, pero aún así he llegado a aprender a pasármelo bien allí y, como dije en mi anterior post, los turnos nocturnos son un regalo cuando te toca una buena compañía. Me apetecía pasar esa última noche con mi compañera
Sara, ver alguna peli con ella en el dvd portátil, hablar... Estar allí. Pero una avería considerablemente grave ha afectado al funcionamiento de la factoría y me quedo sin esa última noche de trabajo y buena conversación. Esta noche quería trabajar, pero no iba a ser posible. O eso creía.
21:38h. Suena mi teléfono móvil. Tengo el número guardado. Es mi jefe.
- Pedro, ¿a quién el tocaba hoy el turno de noche, a Miguelón?
- No, esta noche me tocaba a mí, ¿por qué?
- Pues tienes que ir. La avería sigue y no va a entrar ningún vehículo esta noche, así que tu compañera no tiene que ir a hacer la prueba de los tomates, pero sería conveniente que alguien estuviera allí para controlar si entra alguien a llevarse algún vehículo o algo.
- Pero... ¿toda la noche?
- Sí, claro.
- Vale, a las 11 estaré allí. 
Herramientas de trabajo. Por las noches pasan a un segundo plano (no por voluntad propia, que quede claro, sino porque hay que usarlas menos) y son sustituidas por pipas, patatas fritas, gominolas (ay... esas gominolas), cafés, refrescos y películas. Casi como el cumpleaños de un preadolescente.
A las 23:01 estoy en la fábrica fichando.
No hay ruido. No hay gente. Sólo veo a lo lejos, al fondo del patio, a un par de trabajadores que están colocando redes a sus remolques para llevárselos y descargarlos en otra fábrica, ya que aquí de momento no se puede hacer. Hablo un poco con ellos, apunto las matrículas de los vehículos que se llevan y me vuelvo a quedar solo. Metros, metros y metros cuadrados de espacio para mí solo. Pero no me muevo de mi garita y enciendo el ordenador. A ver si con un poco de suerte hoy funciona
internet.
Bingo.
Va a ser una noche muy larga y presumiblemente aburrida. Así hasta las 7 de la mañana, sin remedio. Voy a echar de menos compañía. Incluso la de
Manolo y
Jose, que se suelen quedar dormidos los mamones (

), aunque he de confesar que con
Vicente siempre he tenido más afinidad en muchos aspectos, hasta tal punto que con el tiempo hemos descubierto que compartimos algunas anécdotas peculiares en nuestros respectivos pasados. Como aquella vez que casi nos metemos sin querer en una secta... pero esa es otra historia.
"Dientes, dientes, que eso les jode."
Suelo estar a gusto conmigo mismo, pero no por obligación. Supongo que nos pasa a todos los que tenemos un punto
sociópata. Tras un breve repaso a algunos blogs decido abrir el gmail. ¡Bien!
Snake está conectado. Nunca los medios de comunicación tuvieron tanta importancia como esta noche. A pesar de la distancia y todo eso... bueno... ya sabéis. La conversación con Snake siempre es divertida. Esta noche hablamos sobre
la última encuesta publicada en nuestro blog colectivo y sobre las
tetas de Salma Hayek. Le cuento dónde estoy y se compadece.
Dice que él estaría acojonado de estar aquí solo, en un sitio tan grande y a las afueras. Prefiero no pensar en ello, sobre todo teniendo en cuenta que hace un par de semanas alguien entró a robar por la noche. Si el loco de Jose estuviera aquí, bastaría con que le pusiera este careto, yo me quitara las gafas y me pusiera serio, y seguro que se lo pensaban un par de veces antes de volver a saquear la máquina del café...
Atentos a este tipo. En un par de meses le veréis haciendo algo muy muy sucio... Y hasta ahí puedo leer.
Pero volvamos. Al poco tiempo de estar hablando con Snake aparecen por ahí
Chico Viejo,
Tones y
Viru. ¡Genial! Una
compañía virtual estupenda para amenizar un poco las horas de hastío que tengo por delante (son poco más de las 12 aún...). Con Viruete apenas me da tiempo a cruzar unas palabras, a esperas de poder volver a perdernos en conversaciones sobre las películas de artes marciales de Lorenzo Lamas o
el mundo del cortometraje instantáneo y cachondo. Con CV me extiendo un poco más, aunque se tiene que ir a cenar (luego dirá que no come, amigos, pero sí que lo hace... aunque sea a horas extrañas) y me deja con la miel en los labios tras decirme que le ha gustado esa
Dellamorte Dellamore que varias veces le había recomendado. Con Tones me troncho. Hablamos de Van Damme, de
Ultraforce, de
La Jungla 4.0 y del
Powerball. No puedo evitar partirme el pecho cuando me lo imagino
haciendo esto todo estresadito y con las gafas a punto de resbalarse de su nariz.
A lo tonto, la noche se está pasando rápido.
Suena el teléfono. Sara ha prometido darme toques por la noche para que me sienta menos solo. Pero todavía no es ella (su agradable
acoso no empezaría hasta cerca de las dos de la madrugada, demostrándome una vez más por qué debo considerarla una de las personas más encantadoras que conozco). Se trata de
Miguel (que no es el Miguelón al que citaba antes, aunque se llamen igual), otro compañero, a quien a principio de campaña tuve el placer de enseñar las intríngulis de este trabajo (como hizo
Manuel conmigo el primer año) y que así, a lo tonto, estuvo haciendo mis tareas durante unos días mientras yo me limitaba a supervisarle. Ahora no hace falta que nadie le diga lo que tiene que hacer y hasta se encara con algún camionero que quiere timarle. Me llama para ver si al final he tenido que ir a trabajar y
se compadece él también de mi penosa situación de aburrimiento. Aunque, ciertamente, todavía no he tenido tiempo a aburrirme.
Esta es Sara. Y dice que sale fea en las fotos. Ya, ya...
2:00h de la madrugada. Comienzo a ver
destellos en el cielo. En principio aislados y lejanos, pero en pocos minutos van tomando forma. ¿Visiones? ¿Qué le han echado a mi sandwich? La compañía virtual se ha esfumado y me vuelvo a sentir solo, aunque la primera llamada perdida de
la chica de la foto me ha aliviado. A partir de ahora le mandaré mensajes chorras de vez en cuando, para no perder el contacto y sentir que hay alguien a mi lado, aunque sea desde lejos. Pero tan aislado me siento que me llego a asustar con mi reflejo en movimiento en una ventana situada a mi derecha. Escucho
ruido en el patio. Un ruido mecánico. Se aproxima. ¡Joder!
¡Si hay alguien más en la fábrica! Aparece de entre la oscuridad un chaval ruso,
Ruslan, que trabaja como carretillero aquí. Le pregunto si ha visto las luces, pero dice que serán de la feria de un pueblo de al lado. Pero no, la feria acabó ayer. Da igual. Me alegra saber que no soy la única persona viva dentro de la fábrica, aunque yo tengo que estar vigilando esta parte de la entrada y él tiene que supervisar lo que ocurra en la zona de las máquinas. Por lo tanto, la compañía prolongada es imposible. Me pide cambio para un café, pero yo tampoco tengo, así que le invito a uno y yo me tomo otro. Lo necesitaré. En condiciones normales no me esmeraría en una conversación sobre coches y trabajo. Pero
necesito hablar de lo que sea y me entrego gustosamente a la interacción con mi contertulio durante pocos minutos. Las luces cada vez son más frecuentes. Después de un rato de cháchara (unos 10 minutos), Ruslan se marcha a seguir con sus tarea y a mí no me apetece seguir delante del ordenador. Pero aún así pienso que es demasiado pronto para ver una película.
Viendo Shaun of the Dead con Vicente. Agradable noche en CinemaScope que nada tiene que ver con la de hoy.
2:19h. Acabo de hacer un
post relámpago para Tierra de Cinéfagos. Parece algo hecho para cumplir, lo sé, pero porque lo es. De todos modos, me parecía bien colgar el
tráiler de Iron-Man. Estoy cansado del ordenador. Necesito hacer otra cosa, pero las opciones son muy limitadas, lógicamente. ¿Qué hago? ¿Me pongo a contar mosquitos? ¿A jugar al veo-veo conmigo mismo? ¿A comprobar cuánto soy capaz de contener la respiración sin ver a Elvis? Pues venga, nada... sacaré el
dvd portátil. Llevo una disquetera cargada, pero no tengo aquí muchas pelis de terror. El caso es que me apetece desafiar al entorno y un poco en plan Juan Sinmiedo me decido finalmente por
Los Ojos del Mal, que ahora está aquí en los cines pero que
fuera lleva bastante tiempo en dvd. Como estoy a solas, la puedo ver en versión original sin que nadie me dedique miradas de extrañeza. Afuera siguen las luces, ya se empiezan a distinguir los rayos, aunque todavía están lejos.
Me acomodo: me siento en la silla más acogedora de la garita, me descalzo, pongo los pies encima de otra silla y me zampo el segundo sandwich mientras miro cómo Kane arranca ojos en la (pequeña) pantalla.
3:56h. La película ha acabado y me ha dejado algo indiferente, aunque el final mola. Pero de miedo nada. Vuelvo a internet y reviso los blogs por si hay comentarios nuevos. Poco después reaperece Ruslan y nos echamos el segundo café.
La tormenta ya está encima. Empiezo a recordar lo que pasó la noche anterior, cuando nos cayó una granizada en cuestión de minutos y tuvimos que poner papel secante debajo de la puerta para que no entrara agua en nuestra sala. La diferencia es que ayer no estaba casi solo, sino con Sara,
Raúl,
Juan Carlos y un montón de gente cuyos nombres no conozco. Ruslan y yo nos dejamos impresionar por la pirotecnia que se despliega en el cielo (cualquiera que haya presenciado una tormenta nocturna en campo abierto sabrá lo bella y atemorizante que puede ser al mismo tiempo). Comienza a tronar cada vez con más fuerza y a llover. Mierda. Otra vez. Ruslan sale corriendo con su carretilla para cuidar de que la lluvia no afecte demasiado a la maquinaria. Yo me encierro en la garita, cierro las ventanas y observo cómo las gotas golpean el cristal y cómo el patio se ilumina con impresionantes trazos de electricidad. Lamento no haber traído hoy la cámara de fotos de
mi hermana.
4:30h. Suena mi teléfono. En la pantalla leo "
Casa". Me asusto. Hemos tenido problemas varias veces en mi casa cuando ha llovido demasiado, y todo por culpa de una cañería mal saneada en la calle que se atasca y hace que nos entre agua y que hayamos tenido que pasar más de una noche armados con fregonas para impedir la debacle. Suerte que nunca nos ha pillado fuera... y aún así, cada vez que sucede, la madera de las puertas queda tan agrietada que durante semanas después es imposible cerrarlas. Por suerte esta vez no está pasando nada así.
Mis padres se preocupan al saber que estoy aquí solo con la que está cayendo. Bueno, mi madre más que preocupada está un poco acojonada. Ay, ese amor maternal. Le tranquilizo y le digo que estoy bien, aunque desearía estar metido en la cama durmiendo tranquilamente y por dentro me estoy cagando en mi mala suerte por haber tenido que venir a trabajar sin compañía en una noche así.
5:01h.
La tormenta está cada vez más encima de mi cabeza y aún me quedan dos horas aquí. Me acuerdo de
mi abuelo, de las noches que tuvo que pasar así cuando tenía este mismo puesto de trabajo (y que murió sin ver cómo meses después yo pasaba a hacer lo mismo que había hecho él durante tantos años). También me acuerdo del pánico que
mi hermano tenía a las tormentas cuando era pequeño y pienso en lo mal que él lo estaría pasando aquí, mucho peor que yo. Empiezo a tener tanto calor encerrado aquí con la puerta y las ventanas cerradas que tengo que poner el aire acondicionado. Un rayo ha debido caer cerca, porque ha temblado todo esto. Por suerte no se ha caído la conexión a internet. Recibo una
agradable sorpresa. El toque de
Sara está siendo más largo que de costumbre.
¡Me está llamando! Me emociono casi de manera infantil al saber que ella también se está preocupando por mí en esos momentos, a esas horas, cuando en su pueblo también están sintiendo los efectos de la tempestad. No creo que ningún otro compañero (de ambos sexos) que haya tenido en estos tres años hubiera hecho lo mismo y me alegra oír su voz. Ella, que tanto miedo tiene a veces de hablar demasiado (sobre todo cuando se pasa con la cafeína), no sabe lo bien que me sienta escucharla hoy entre el ruido de los truenos.
"Two against the world"
. La lluvia va remitiendo, aunque no la tormenta. Aparece por la puerta Ruslan con un
en las manos. Esto me pasa dos horas antes y del susto ahora no estaría escribiendo esto. Pero a estas horas ya hay gente por aquí, personal que acude sin saber muy bien si van a tener que trabajar o no. Intuyo que muchos se han tomado el día libre al ver el temporal, porque apenas hay un tercio de personas en comparación con lo que suele haber por aquí a estas horas. A mí me quedan todavía 45 minutos y, pasado lo peor, empiezo a preocuparme de cosas más terrenales: me da miedo la pérdida económica que este golpe de temporal podría provocar a los agricultores, y me pregunto si la fábrica volverá a arrancar este año, una vez solucionada la avería y el clima haya vuelto a la normalidad. No obstante, sigo pegando hostias y patadas a los malos del
.
. Entra Miguel con la bata en la mano y la cara propia del que ha dormido poco el día antes y tiene que madrugar. Por fin. ¡Al carajo con estas 8 horas! Tras una breve conversación, me despido de mi compañero, ficho y me marcho a casa con la sensación de haber pasado una penosa última noche, mi turno de despedida de este año (y quien sabe si definitivo en la fábrica), pero también con el agradable sabor del reto conseguido y la satisfacción de saber que aunque físicamente haya estado solo, ahí detrás del ordenador o del móvil había gente conmigo. A algunos os podrá parecer una auténtica cursilada, pero este es mi blog y lo uso para expresar lo que quiera. Faltaría más.
La tormenta seguiría varias horas después, pero de eso ya no me enteré.
.
. Termino de escribir este post kilométrico de interés limitado para quien no esté implicado en él. De hecho, es algo tan personal que he estado a punto de no publicarlo. Pero ahora que sé que esa noche fue la definitiva para mí esta campaña (porque mañana ya estaré ocupado en otras cosas para las que me han llamado), cobra más sentido que nunca el hecho de que lo saque a la luz. Y es que este verano ha sido importante para mí, sobre todo porque me ha sorprendido. No tenía pensado ir a la fábrica este año porque había empezado otro trabajo que creía que iba a seguir haciendo a estas alturas. Pero lo dejé y no me arrepiento para nada de ello. Y ahora menos. De los tres años que he trabajado aquí este ha sido
sin ningún tipo de duda. Y he estado a punto de no saberlo jamás...